MONO te lleva al festival más grande de Europa del 6 al 13 de Agosto
Nuestras amigas de Oh! Nena nos enviaron este hermoso video de la talentosa PIAN y no pudimos dejar de compartirlo a través del site de MONO.
Por Héctor Concari
Ilustración: Leomar Esteves
El primer cinéfilo de la historia fue Platón. Es un detalle menor el que haya vivido entre el 428 y el 348 antes de Cristo. Lo importante es el primer esbozo de teoría del cine contenido en el libro VII de La República. El tema del caso era el conocimiento y a Platón, espíritu pedagógico, se le ocurrió hablar de él con una alegoría: la muy célebre alegoría de la caverna. Es mejor escucharlo a él, a través de su alter ego, Sócrates:
“En una caverna subterránea, con una entrada tan grande como la caverna toda, abierta hacia la luz imagina hombres que se hallan ahí desde que eran niños, con cepos en el cuello y en las piernas, sin poder moverse ni mirar en otra dirección sino hacia delante impedidos de volver la cabeza a causa de las cadenas. Y lejos y en alto, detrás de sus espaldas arde una luz de fuego, y en el espacio intermedio entre el fuego y los prisioneros, asciende un camino, a lo largo del cual se levanta un muro, a modo de los reparos colocados entre los titiriteros y los espectadores, sobre los que ellos exhiben sus habilidades.
En todos estos años nadie ha descrito mejor a un habitante de las salas oscuras. Glaucón, su interlocutor, compartía con todos los interlocutores de Sócrates una cierta obsecuencia y contestaba:
- Me lo imagino perfectamente.
Sócrates, envalentonado, proseguía con su descripción del séptimo arte
- Contempla a lo largo del muro hombres que llevan diversos vasos que sobresalen sobre el nivel del muro, estatuas y otras figuras animales en piedra o madera y artículos fabricados de todas las especies… ¿crees que los prisioneros puedan ver alguna otra cosa, de sí mismos y de los otros, sino la sombra proyectada por el fuego sobre la pared de la caverna que está delante de ellos? …¿y también de la misma manera respecto a los objetos llevados a lo largo del mundo?
Lo cierto es que a la humanidad le llevó 25 siglos materializar la alegoría de Platón, y cuando lo hizo (un cierto 28 de Diciembre de 1895) puso en movimiento lo que con los años se agudizaría y que Platón había anticipado. El cine es un duelo entre enemigos que se atraen y repelen, una relación amor odio entre el objeto y su imagen, una carrera entre la corporeidad del primero y el encanto de la segunda. A diferencia de las demás artes vive en eterna tensión entre dos opuestos: la realidad y la ilusión, la luz y la sombra, lo corpóreo y el fantasma. Esta condición está lejos de ser un contratiempo, es su sello de marca, su razón de ser. Su esencia. Y le ha dado buenos réditos porque lo que ha hecho posible el salto de mera curiosidad de feria a industria y fábrica universal de sueños es la distancia (cada vez más amplia según avanza la técnica) que media entre la imagen y su cada vez más lejano modelo. Este dinamismo de los opuestos, el rezago progresivo del sustrato real frente a una metástasis de la imagen, proceso embrionario en el siglo pasado, ha comenzado a ser la norma. Un habitante del siglo 19 conocía del mundo lo que su mirada podía abarcar. Pero en sus postrimerías, la fotografía primero, el cine después introdujeron al doble, no como copia, sino, a la William Wilson de Poe, como enemigo íntimo. La clave del asunto es el encanto que posee el doble, ciertamente muy superior al de su modelo y por ello capaz de atraer la atención del espectador durante el tiempo de proyección, abstrayéndolo de lo que ocurre en el reino de la luz. Cuentan que en la primera proyección de los hermanos Lumiere, que mostraba un tren entrando a la estación de La Ciotat, el público alarmado se levantó de sus butacas pensando que la imagen del tren saldría de la pantalla y los arrollaría. En realidad la escena era el primer capítulo de una saga que está lejos de terminar, la del triunfo de la pantalla sobre una realidad a la que aprisiona y obliga repetirse en cada proyección. Mejor aún, es el triunfo de un opuesto sobre el otro en la mente del espectador, que caerá seducido por las imágenes, que sustituirán, en su discurso a una realidad reordenada en forma de película. De que hablan los espectadores una vez que el encanto se ha disipado luego de dos horas a oscuras. Dejemos que sea el viejo y querido Platón el que dé la respuesta:
“Y si pudieran hablar entre ellos, ¿no crees que opinarían de poder hablar de estas sombras que ven como si fueran objetos reales presentes?”
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